Zayuna y el origen

Por: Bacánika / @bacanika

Llegar a la Sierra Nevada de Santa Marta, “el corazón de la tierra”, es percibir otra Colombia, una repleta de tranquilidad y belleza en donde habitan cuatro comunidades indígenas que intentan preservar sus raíces, a pesar de las antenas parabólicas que el Ejército Nacional ubicó sobre sus cerros sagrados.

Durante décadas, arhuacos, koguis, wiwas y kankuamos han tenido en cuenta el comportamiento del sol y la luna para establecer los calendarios que marcan el inicio de los tiempos de siembra y cosecha. Y fue precisamente uno de estos importantes momentos del año –el solsticio de invierno– la época elegida por la Confederación Indígena Tayrona para recibir a custodios de semillas nacionales e internacionales que llegaban a este lugar con un objetivo común: multiplicar la sayuna (semilla en lengua arhuaca).

Las kankuruas (templos ceremoniales) que conforman Nabusimake, la capital sagrada de los arhuacos, fueron testigos de la presencia nunca antes vista de hombres y mujeres provenientes de México, Francia, Brasil, Austria y las regiones andina, caribe, pacífica, amazónica y Catatumbo de Colombia. Durante tres días (19, 20 y 21 de diciembre), en medio de totuzomas, poporos, y mochilas, escucharon las iniciativas que buscan devolverle a los campesinos e indígenas su derecho a sembrar semilla nativa.

La mirada internacional

Llegó el momento de iniciar la plenaria, pero antes, los mamos bendijeron las cámaras fotográficas presentes en el encuentro para que estas sean el inicio de un viaje en el que la cosmovisión de la Sierra Nevada recorrerá todo el país. Minutos después, se relata la historia de cómo en Francia la asociación Kokopelli se dedica, desde hace más de diez años, a promover la conservación de la semilla nativa, a pesar de las leyes que existen para restringir esta práctica milenaria entre las comunidades.

Desde 1949, los agricultores franceses están obligados a comprar únicamente las semillas registradas en el catálogo nacional de semillas que, a través de un decreto que considera ilegal la comercialización de semillas que no estén incluidas en este documento, les entrega a los grandes productores el poder de apropiarse de los granos franceses y aniquilar todo tipo de actividades relacionadas con el intercambio. Según Eric Semeillon, representante de Kokopelli, “en Francia, al igual que en otros países del mundo, se crean leyes escritas por la industria que pretenden controlar la semilla; es una realidad que quien controla la semilla, controla el pueblo. Han sacado un repertorio de semillas impulsado por la Unión Internacional para la Protección de las Obtenciones Vegetales (UPOV), que solo las semillas híbridas tienen derechos”.

Qué hacer con tanta biodiversidad

Después de la traducción en lengua arhuaca realizada por uno de los mamos, vinieron las palabras en portugués de Vladimir Noreira, director de la red de semillas brasilera Bionatur. Usando como principal herramienta una presentación en Power Point plagada de imágenes de maíz y tomate, Noreira explicó que su país es considerado como el segundo centro de domesticación del maíz después de México y que, en ese territorio con el mayor porcentaje de biodiversidad del planeta, los grupos campesinos se asocian para incentivar la siembra y el consumo de semillas criollas.

Al igual que Kokopelli, el objetivo de Noreira y su equipo –con presencia en Río Grande do Sul, Santa Catarina, Paraná y Minas Gerais– es cambiar el agronegocio por lo agroecológico, a través de bancos de semillas que sean propiedad de los agricultores. Frente a esto, y con la sabiduría que define a un hombre que vive y siente la agricultura tradicional, Noreira comentó: “consideramos que un país es libre desde que la semilla sea libre, así que la población debe tener acceso a los bancos genéticos donde se encuentran las semillas que han desaparecido y también debe trabajar en la creación de sus propias reservas”.

Además de respaldar la domesticación de semillas, una actividad que finalizada la era glacial representó el origen de la agricultura de la mano de la mujer, Bionatur destacó el valor gastronómico, cultural y ancestral que encierra el proceso de sembrar, recoger, seleccionar, intercambiar semillas y preparar los alimentos, promoviendo que este sea considerado como patrimonio cultural de la humanidad.

Menos tierra para conservar las semillas

Diana Salazar –representante del resguardo indígena Emberá Cañamomo Lomaprieta del municipio de Rio Sucio (Caldas)– expuso ante los asistentes al encuentro el proceso organizativo que lleva a cabo esta comunidad para conservar 600 variedades de fríjol desde el año 2009.

Usando los collares de chaquiras de colores que aportan a los jeans y a las camisetas comunes el característico rasgo emberá, Salazar expresó con tristeza que pese a los esfuerzos de los líderes interesados en aportar al mejoramiento de la calidad de vida de su gente en esta región del país, factores como la propiedad de la tierra amenaza la sostenibilidad del proyecto. De acuerdo con ella, “somos 23.860 habitantes para tan solo 4.860 hectáreas de tierra. Con el proceso de reestructuración de los resguardos coloniales, el gobierno pretende convertirnos en globos donde acá podemos estar, pero allá no. Le hemos solicitado a los terratenientes de la zona que nos permitan sembrar y estos se han negado, a pesar de estar habitando un territorio que no saben cuidar y que en el fondo no les pertenece. La tasa de natalidad aumenta pero la tierra no, y en diez años no vamos a tener dónde vivir”.

Cuando se habló de minería, una actividad económica que representa para los indígenas emberá una catástrofe natural cada vez más difícil de contrarrestar, Salazar dejó ver una situación delicada: “existe la propuesta por parte del gobierno de que convirtamos el resguardo en una zona minera indígena, pero lo que no nos cuentan es que, al hacerlo, la comunidad tendría que pagar un canon de arrendamiento de acuerdo al material que se saque, debido a la ley que estipula que el subsuelo es del Estado”.

La ley de origen y la matria

Sé (ley de origen) es la sílaba que representa la cosmovisión de los arhuacos. Y la Sierra Nevada de Santa Marta, una de sus más grandes y bellas expresiones: ríos cristalinos, montañas impetuosas revestidas de verdes en distintas tonalidades, rebaños de ovejas libres, matas de café y hasta cerdos salvajes que deambulan por la zona esperando a comerse las heces de la comunidad, como suele suceder en distintos lugares de la costa caribe colombiana.

Aunque para algunos la palabra origen sea sinónimo de costumbres rústicas, carentes de innovación o desarrollo, en el caso de la Sierra Nevada de Santa Marta y de la Colombia que imaginan las comunidades indígenas, las ecoaldeas y los custodios de semillas, origen simboliza la posibilidad de seguir viviendo, pero en armonía con la madre naturaleza.

Esta filosofía de vida ya trasciende al “corazón de la tierra” y, desde hace unos años, permea el trabajo de Jaime Aguirre, custodio de semillas de papa en el Verjón (Cundinamarca) y Manfred Perkuhn, custodio de semillas de papa en Villa de Leyva (Boyacá). Sus cultivos, con aproximadamente 45 variedades de papa de colores –como muchos describen la diversidad genética presente en este alimento–, son otro ejemplo de que en Colombia se puede conservar la semilla nativa de acuerdo con los ciclos y procesos vitales de la naturaleza.

Las intervenciones de Aguirre y Perkuhn, provistas de una profunda necesidad de adelantar esfuerzos conjuntos para que la ley colombiana avale la siembra y el intercambio de semillas nativas, y prohíba la siembra y el consumo de semillas híbridas o genéticamente modificadas, son tan solo una parte de la meta a la que le apuesta Ati Quigua, líder indígena promotora del Referendo por los Derechos de la Naturaleza y candidata al Senado por Sé.

Con un ímpetu que despierta admiración, y sin dejar de lado las enseñanzas del mamo Gabriel, su guía espiritual, Ati (que en lengua arhuaca traduce madre tierra) pretende lograr que la Sierra Nevada de Santa Marta sea nombrada como territorio libre de transgénicos y que la Declaración del Primer Encuentro Mundial de Custodios de Semillas –que resumió los tres días de trabajo en Nabusimake– no quede en el olvido.

Finalizada la tarde del solsticio y ambientados por el sonido de los grillos, esta líder finalizó su intervención hablando de la matria, un concepto de país que para algunos sonará machista pero que para ella es una expresión de amor puro. Se trata de retornar al origen haciendo un llamado a la nación ancestral que la patria no supo administrar ni cuidar, y que poco a poco adquiere valor a nivel mundial gracias a figuras como Rigoberta Menchú o la filósofa india Vandana Shiva, una de las defensoras de la semilla nativa más reconocidas en el planeta y que, para la comunidad presente, es más que un simple referente de ecofeminismo.

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