“MINGA ES VOLVER AL ORIGEN”

La Concejala Ati Quigua nos invita a una Minga permanente, a partir de la
búsqueda de nuestro origen común como seres humanos y con la naturaleza. La Minga ha llegado para hacernos una invitación: unirnos en un propósito común de defender la vida, los territorios y la paz. Ha llegado a Bogotá encumbrando las  altas montañas desde el valle, soportando las inclemencias del clima, superando las adversidades propias del largo camino; pero, ha llegado, sobre todo, sobreponiéndose a la violencia, a la devastación de los territorios y el olvido estatal, que, de manera preocupante, asola con mayor fuerza nuestro país en los últimos años.

La Minga ha venido hasta la Capital de República, una vez más, para pedirle al Gobierno Nacional, que se siente en un espacio de diálogo social, con
reconocimiento de la propia identidad y la diversidad, para pedir el cumplimiento de los Acuerdos de Paz, para que se adopten medidas efectivas frente al incremento del asesinato de líderes sociales, indígenas y comunitarios, y para que cesen las prácticas de devastación en los territorios, como la fumigación y la extracción.

La Minga (minka o minccacuni,), en su origen lingüístico del quechua, alude a una práctica precolombina de trabajo comunitario o colectivo voluntario, con fines de utilidad social o de carácter recíproco. En nuestros días, la Minga es reconocida como un ejercicio legítimo de participación política de los Pueblos Indígenas de Colombia como sujetos políticos y colectivos de derechos para la defensa y protección de los territorios, la autonomía y la identidad cultural propia, lo que se traduce en un ejercicio legítimo de la protesta social, Derecho Humano protegido por los Instrumentos y Convenios de Derecho Internacional y la Constitución Política de Colombia.

Los derechos de los Pueblos indígenas, por su parte, amparados por el Convenio 169 de 1989 sobre Pueblos Indígenas y Tribales de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y por la Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas de la ONU de 2007, y teniendo en cuenta que los Estados de América Latina reconocieron plenamente sus derechos, los pueblos autóctonos de la región, que suman unos 60 millones de personas y representan un 10% del total de la población, continúan siendo uno de los colectivos expuestos a mayor pobreza y acciones violentas.

No obstante, los anteriores reconocimientos de derechos, la situación de violencia y desigualdad en nuestro país ha conllevado a una situación generalizada de vulneración de los mismos. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) ha destacado que los actuales 1223 conflictos territoriales en el continente generaron movilizaciones que obtuvieron como respuesta represión y criminalización, demostradas en los asesinatos de 232 defensores de los  territorios indígenas entre 2015 y los primero seis meses de 2019. Cifras que representan una media de cuatro asesinatos al mes en la región.

Por su parte, el Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (Indepaz)
asegura que, durante el año en curso, han asesinado en Colombia a 47 líderes y defensores de Derechos Humanos indígenas. El año pasado se registraron 84 asesinatos, lo que eleva la cifra de los últimos cinco años a 269 asesinatos.

Cifra que desde la firma del Acuerdo de Paz se calcula en 242 líderes
indígenas. En el panorama mundial, de un total de 194 países Colombia es el séptimo más desigual del mundo, y el segundo de Latinoamérica (Banco Mundial).

Contradictoriamente, el aumento de la desigualdad ha sido directamente
proporcional al aumento de las épocas de bonanza económica, lo cual demuestra la ausencia de mecanismos eficaces para la redistribución equitativa de la riqueza.

El incremento de las diferencias sociales en América Latina es integral a las
fisuras del conjunto de la sociedad con la naturaleza. Coincidiendo con las raíces de la guerra, en los últimos 45 años la devastación de los ecosistemas en Colombia aumentó un 50 %, mientras que las áreas naturales se redujeron a menos de la mitad del territorio nacional (Instituto Alexander von Humboldt).
Antecedentes que se complementan con la inclusión de Colombia como líder de las estadísticas mundiales de países donde más se asesina a activistas defensores de la naturaleza. En efecto, y según estudios de la ONG Global Witness, en América Latina se sitúan cuatro de los cinco países donde fueron asesinados más activistas en el mundo, encabezados por nuestro país.

Ante este panorama social, nuestra Concejala Ati Quigua saluda a la Minga y se une al propósito común a través de su propuesta de defensa de la vida y de la superación de las causas que la amenazan, considerando que las acciones que se han de tomar para superar las situaciones violencia, desigualdad, discriminación y destrucción de la naturaleza, pertenecen a una acción colectiva mayor, que constituye la esencia de la ruta humana: volver al origen, volver a la unidad primigenia, con el agua, el aire, la tierra.
El proyecto de fondo que encarna la Minga, centrado en la inclusión social y la superación de las fisuras de la desigualdad y la discriminación, estaría vinculado, por tanto, a una reconciliación de la humanidad con la Tierra, al origen común. La reconciliación con la Tierra es la reconciliación entre los seres humanos, una causa que demanda la realización de una Minga permanente.

La Concejala Ati Quigua propone, en esa perspectiva, la implementación de tres ejes de trabajo en el Distrito Capital, cuya matriz sanadora se proyecta a problemáticas estructurales nacionales y globales: la necesidad de ordenarnos y gestionarnos en torno al ciclo natural del agua, los derechos de la naturaleza, y la diversidad étnica.

El retorno al origen es un retorno al agua, y ese retorno requiere tanto sanar la Tierra, como sanar el interior humano. Un trabajo colectivo que pasa por sanar nuestras formas de ejercicio del poder, un poder no construido desde el abuso y la discriminación, sino que dignifique al ser humano y, por tanto, se construya a partir de un dialogo intercultural respetuoso por la diversidad y la diferencia. Son los principios de la Ley de la Madre Tierra que rige los destinos de la Sierra Nevada de Santa Marta, cuyo eco se expande con la Minga.