Lecciones de líderes futuros

Publicación del diario el Colombiano: OSCAR TULIO LIZCANO

Un acuerdo generacional. Colombia vista por sus protagonistas , es el libro editado por el joven abogado Rodrigo Pombo. Este no es un libro cualquiera, es una carta de ruta que proyecta a los jóvenes colombianos en el país futuro. Pombo lo advierte en el prólogo: “es una apuesta en común de los principales jóvenes políticos. Hombres y mujeres de mi generación, nacidos de 1970 en adelante, cuyo menor integrante tendrá hoy 25 años de edad y el mayor 38”.

Cansados, y con toda razón, de la política tradicional colombiana, los jóvenes están trazando caminos que les permitan dignificarse como herederos de una sociedad afectada por la corrupción. Veintidós muchachos se unieron para encabezar esta iniciativa. Todos ellos, investidos con representatividad social y política, respondieron cuestionamientos sobre problemas que afectan a nuestra sociedad.

Pero, además de esos temas, uno en especial llamó mi atención. Lo abordaban a través de una pregunta: ¿de qué manera cree que se pueden implementar medidas para enriquecer la ética pública y cuáles serían los mejores mecanismos anticorrupción para Colombia? Parece ilógico a dónde nos ha llevado nuestra política, que sean ellos, los jóvenes, los que estén obligados ahora a darnos lecciones de ética y urjan derrotar la corrupción que nosotros instituimos.

Una de las interrogadas fue Ati Quigua, una joven indígena que ha ejercido en dos periodos como concejal de Bogotá. El nombre de esta mujer arahuaca tiene un hermoso significado: “madre de los buenos pensamientos”. Sus reflexiones lo reflejan bien. Cuando se le preguntó sobre un estudio de transparencia nacional y corrupción, advirtió que esta última no es exclusiva del ámbito de lo público, ni tampoco meramente de lo privado. Hay, dice Quigua, un punto de encuentro entre lo público y lo privado, una fractura entre la necesaria relación de uno y otro. Y es ahí, justamente, donde se produce el fenómeno de la corrupción.

“Un primer elemento para superar la corrupción -subraya en el libro en cuestión Quigua-, es que los intereses privados y particulares no estén al frente de las decisiones públicas, toda vez que priman los intereses privados de quienes toman decisiones gubernamentales y no el bien general como debe ser”.

Plantear el tema de la corrupción y la ética públicas exige traspasar los límites de la economía y situar la problemática en ese espacio en el que las pasiones, intereses y deseos del ser humano chocan con las necesidades del ser colectivo. El ser humano se liga con una cultura de apropiación, enriquecimiento fácil y sujeción, se convierte en un ser corrupto en el momento en que la satisfacción económica resulta mejor que la satisfacción moral.

Este fenómeno, producto del entorno cultural, no afecta exclusivamente el erario público, sino que causa un daño estructural en el bienestar de la comunidad.

Otros de los jóvenes interrogados afirmaron que la herramienta fundamental para promover una cultura de ética y legalidad es la educación en los colegios y la formación desde la familia. Un niño que es consciente de ser un buen ciudadano, será un servidor público ejemplar.

Tampoco se puede descuidar la parte institucional. Es decir, el reto de mejoramiento en la justicia y los organismos de control. La primera no solo tiene deficiencias administrativas, sino que está gravemente infiltrada por el narcotráfico y la tentación del dinero fácil. Y por el lado del poder legislativo, no sobra decir que las cosas no son más alentadoras.

Con ese panorama, a nuestros jóvenes líderes no les viene una tarea fácil. Ellos lo saben: las mejores medidas anticorrupción son las enfocadas a la transparencia en el ejercicio público. Aquellas que garantizan los derechos de participación, hacen respetar el derecho a la libre expresión, fortalecen las instituciones y los procesos del Estado y dignifican el servicio público.