La princesa Ati Quigua y las voces del silencio

Este es un país de muy pocas voces. Ya el genocidio que llamamos Conquista se encargó de acallar a las principales: las de nuestros ancestros indígenas, dueños de una infinita cosmovisión de la naturaleza.

Desde la Colonia hasta nuestros días hemos pasado de las voces de los colonizadores a las de sus herederos criollos, que aún ocupan los más altos cargos en el gobierno nacional, siguiendo una larga tradición de esta Colombia obsesionada con sus frustrantes nostalgias virreinales. En el imaginario de nuestra clase media, compulsivamente arribista, persiste la fantasía de ser blancos puros y, por supuesto, miembros de una élite aristocrática y sofisticada, experta en vinos europeos. Los indígenas siguen siendo para ellos, para nosotros, las voces del silencio.

Los medios de comunicación, desde los tiempos de Guillermo León Valencia hasta los de Juan Manuel Santos, hastían en sus noticieros con esas mismas voces repetidas ad nauseam, que parecen ecos anacrónicos de aquellas que brotaban de las barbas de conquistadores y misioneros mientras cometían su sistemática depredación de nuestras culturas indígenas, con la pequeña diferencia de que ahora vivimos en un país urbano con obsesiones cibernéticas, que deja oír a veces, en las redes sociales y otros espacios inéditos que se abren por aquí y por allá, las voces acalladas secularmente por ese centralismo virreinal que te responde a mil, con acento cachaco, cuando llamas a preguntar por un número telefónico o a quejarte por el mal servicio del TV cable. Mucho más humana sería una grabación con traductor simultáneo, por supuesto. Caramba, parecen cosas de Asoestupun, Asociación de Estúpidos del Universo.

En ese texto, que es un contexto de nuestra historia oficial desde hace dos siglos, irrumpe la princesa arhuaca Ati Quigua, “Madre de los buenos pensamientos”, a quien la sapiencia de los mamos de la Sierra Nevada encargó la misión de dar a conocer su cultura milenaria en la entraña misma de ese centralismo virreinal que, cuando no ha mandado misioneros capuchinos a sembrar el terror entre los pacíficos arhuacos, les impuso antenas de televisión en sus dominios sagrados o les robó las tierras impunemente, sin entrar en detalles sobre otros crímenes y atrocidades.

Desde la más alta espiritualidad de su cultura, Ati Quigua, princesa del agua, de la tierra, del aire, del fuego, llegó a la vicepresidencia del Concejo de Bogotá, y ha estado pronunciando durante años, con carácter, con las sabias voces del silencio, un discurso transparente, profundo, pasional y preciso, como un río de la Sierra, un discurso sensible a la naturaleza, al ser humano y a las demás culturas, en el cual reside la salvación para esta sociedad sumergida en el pantano de los antivalores cultivados, con metódico marketing, en la utilitaria razón occidental, que se basa en el cálculo egoísta y no en la integración del individuo con todos y con el Todo universal, ni mucho menos en la común unidad primigenia de todas las cosas, como propone el texto, que es un contexto cultural de infinito espectro, de las comunidades indígenas de Colombia, hermanos nuestros de sangre.

Y no hay otra propuesta en esta columna que la de invitarte, lector, a escuchar esas voces del silencio que se expresan bellamente en Ati Quigua, “Madre de los buenos pensamientos”, princesa del agua que fluye transparente y profunda por los ríos de nuestras venas.