En el día mundial del hábitat la concejala de Bogotá Ati Quigua propone una ciudad reconciliada con su patrimonio natural y cultural.

UNA OFERTA HABITACIONAL DIFERENCIAL Entre los grupos étnicos de Bogotá hay 14 pueblos indígenas reconocidos por parte de la SDG: Ingas, Nasa, Kichwa, Eperara, Wounnan, Misak, Muisca de Bosa, Muisca de Suba, Pijaos, Uitoto, Yanacona, Pastos, Camentsá, Tubú. Respecto a los grupos étnicos en general, en la ciudad se encuentran 33.662 hogares con jefes de hogar pertenecientes a algún de estos grupos, que representan el 1,2% del total de hogares del Distrito. Sobre este total de población el 22% (7.409 hogares) son indígenas, el 4,9% (1.663 hogares) Gitanos o ROM, el 3,6% (1.196 hogares) Raizales, el 0,7% (222 hogares) Palenqueros de San Basilio, y el 68,8% (23.171) hogares se declaran negros, mulatos o afrodescendientes.

Las demandas habitacionales de cada uno de estos grupos, en el Distrito se han resuelto a través de métodos de leasing habitacional, stock habitacional público y/o mejoramiento de vivienda en el marco de una estrategia de gestión de suelo. La solución de la administración a las expectativas habitacionales de los grupos étnicos se ha centrado en una caracterización y focalización poblacional con propósitos subsidiarios, acompañados por la necesaria bancarización de las personas o comunidades beneficiarias.

La incorporación del enfoque diferencial y poblacional en materia de hábitat y vivienda, y la adopción del índice multidimensional de condiciones de pobreza y vulnerabilidad de los hogares postulantes, ha dejado de afectar estructuralmente la cualidad y diferenciación cultural de la oferta habitacional para grupos étnicos. Entre otras razones por lo costoso que resulta para la administración y las empresas constructoras la singularización de la oferta, en tiempos en que masificar y serializar es mucho más rentable.

El reclamo a la singularización habitacional étnica expresada por el ‘Camino territorio’ del Decreto 543 de 2011, que demanda una oferta de vivienda para grupos étnicos que responda a sus cosmovisiones y costumbres, se ha querido resolver con la aparición de unidades VIS con huerta, o con el desarrollo urbanístico de propiedades colectivas.

De fondo, en el Distrito Capital asistimos a la consolidación de una dimensión emergente de lo étnico: la dimensión urbana, cuyo imaginario paisajístico y habitacional no podría seguir correspondiendo a la tradición rural de los Resguardos. Por lo cual los intentos estatales por reproducir en la ciudad las condiciones de habitacionales ancestrales, sólo han logrado decorar y caricaturizar su territorialidad emergente, y las verdaderas aspiraciones habitacionales de los grupos étnicos urbanos.

En ese contexto, la Concejala de Bogotá Ati Quigua,  ha propuesto a la actual administración la implementación de un Programa Distrital de Redes y Entornos Habitacionales Étnicos, orientado a reivindicar las territorialidades urbanas emergente de los grupos étnicos, caracterizada por las redes de Clanes, cuya articulación, fronteras y formas de comunicación resultan hoy desconocidas e invisibles.

LA DIMENSIÓN BIOCULTURAL DEL HÁBITAT

La pandemia del Covid-19 ha puesto de manifiesto las inconsistencias de la forma humana de habitar, cuyo supuesto ha sido una relación instrumental con la naturaleza y con la vida en general. Bajo la forma de pandemia, la naturaleza y la vida nos muestran y remiten a las justas limitaciones de nuestras acciones.

La modernidad nos ha estimulado a creer que estamos al margen de la matriz de la vida, eximidos de las consecuencias de intervenir y transformar sus estructuras. Una actitud que se ha trasladado a la administración de los asentamientos humanos, donde los planes de manejo de los sistemas naturales están escindidos de los planes de gestión cultural, como si cultura, naturaleza y vida no fuesen realidades simultáneas y sincrónicas, ecosistemas en relación.

Hoy cerca de 1800 millones de personas viven en áreas urbanas informales, número que para el 2030 será el mayor de la población urbana, calculada para ese momento en el 60% de la población mundial. Los habitantes informales hacen parte de los 2100 millones de personas que hoy carecen de agua potable, y de los más de 4000 millones que no disponen de un saneamiento seguro, con efectos directos sobre la contaminación ambiental.

En consecuencia, 361.000 niños menores de 5 años están muriendo cada año a causa de la diarrea, al mismo tiempo que el saneamiento deficiente y las aguas contaminadas constituyen un caldo de cultivo para la transmisión de enfermedades como el cólera, la disentería, la hepatitis A, la fiebre tifoidea. Cifras en las cuales se está expresando la crisis de los modelos de gestión de los ecosistemas naturales, en cuya base está la desconsideración del vínculo entre los organismos naturales y el organismo humano. En situación de informalidad y marginalidad, el ecosistema humano experimenta sus máximos niveles de deterioro, traducidos en pobreza, delincuencia, desempleo, hacinamiento, insalubridad, violencia intrafamiliar.

A esta interdependencia de los ecosistemas naturales y sociales, se impone la formulación de categorías habitacionales hibridas, tales como la Biocultura, encaminadas a ganar integralidad en la concepción y en el manejo de los entornos habitacionales. Entornos en los cuales la vivienda resulta apenas un atributo de la matriz ecosistémica, no el objetivo de la resolución del hábitat.

Para la implementación de la Biocultura resulta definitivo el reconocimiento de la complejidad y diversidad biológica y social, en lo cual es importante introducir los procesos interculturales y las nuevas territorialidades que emergen de sus dinámicas internas, tradicionalmente ocultas e ilegitimas frente a los modelos globalizantes.

Para la UAN de la Concejala Ati Quigua, lo Biocultural constituye el fundamento de acciones inmediatas sobre la cualificación de los entornos habitacionales, especialmente los entornos étnicos, en cuyas territorialidades emergentes la administración aún no valora un aporte a la riqueza y sostenibilidad del ecosistema social, con efectos positivos sobre la gestión de los ecosistemas naturales.

No obstante, y con el fin de superar la unilateralidad de la dimensión físico-espacial del entorno humano, la implementación plena de lo Biocultural demanda su prolongación al ámbito específico de los ecosistemas naturales, a través de la promoción de “POMCAs Bioculturales”. Herramientas de planeación ambiental habitualmente orientadas a la zonificación y clasificación de los usos del suelo, dejando por fuera la unidad que el entorno natural conforma con la cultura y las cosmovisiones.

Para sostener el esfuerzo en el largo plazo, se impone la promoción de un Proyecto de Acuerdo que facilite la implicación de las comunidades en la dimensión Biocultural del hábitat, y comprometa a la administración en la conformación de auténticos modelos de eco-gobernanza. Es el hábitat que imaginamos como respuesta a los retos que nos plantea el Coronavirus.